miércoles, 24 de agosto de 2016

Secretos y Mentiras

Andrea metió algo de ropa en una pequeña mochila, salió y cerró la puerta de piso con un violento portazo. Mientras bajaba las escaleras, no pudo más y comenzó a llorar. Había empezado a llover cuando salió a la calle, se giró , miró por última vez la fachada de aquel edificio, aceleró el paso y se dirigió hacia el metro. Andaba con un montón de sentimientos confusos en su cabeza, de repente notó que la gente, que se había refugiado en los portales, la miraba con extrañeza porque estaba diluviando y ella camina empapada por el medio de la acera. ¡Qué llueva, qué llueva!¡Qué caiga toda el agua del mundo, qué nos arrastre a todos y qué arrase esta maldita ciudad!

* * *
Laura, había tenido mucha suerte, nada más acabar la carrera de Filología Hispánica, había conseguido un trabajo, así que no le importó tener que trabajar aquel verano de entusiasmo olímpico con una ciudad entregada al evento. Gracias a las Olimpiadas de Barcelona y a la Exposición Universal de Sevilla, el país vivió durante unos meses un espejismo, sintiéndose el ombligo del mundo, para acabar sentado sobre una gran calabaza cuando a finales de 1992 se hizo patente la crisis económica.

Para Laura, obviamente, aquel trabajo, en una revistucha de mala muerte dirigida a un público adolescentes, no era la gran oportunidad soñada, pero le había permitido independizarse de su familia. Ella se encargaba de revisar la gramática y la ortografía de los artículos que se publicaban , además tenía que colaborar en alguna sección y, como el resto de la redacción lo odiaba, le asignaron la labor de contestar las cartas de las lectoras dirigidas a una especie de consultorio sentimental con un nombre rocambolesco: Madame Butterfly.

De pequeña Laura solía escuchar, junto a su madre, el consultorio radiofónico de Elena Francis, aquel escaparate de la miseria humana lleno de engaños y traiciones. Así que con este bagaje, un poco de imaginación y mucho sentido del humor, se metió en la piel de Mademe Butterfly, y comenzó a contestar las cartas de aquellas jóvenes lectoras ingenuas.

Aquel viernes, al volver a casa por la tarde, encontró el piso vació, su compañera de piso todavía no había llegado, así que podría aprovechar para trabajar un ratito. A veces se llevaba las cartas de las lectoras a casa para seleccionar qué cartas serian publicadas y contestadas. La mayoría de aquellas misivas, de gramática parda y pésima ortografía, recogían los grandes clásicos de la dramaturgia adolescente: mi mejor amiga me ha robado el novio, estoy locamente enamorada de mi profesor y me he enamorado del novio de mi mejor amiga. En otros casos, se atrevían con alguna duda sobre sexualidad: ¿Puedo quedarme embarazada si le hago una felación a mi novio?.

A la hora de la cena, su compañera de piso tampoco apareció, habrá salido a cenar fuera – pensó Laura, pero algo extrañada que no la hubiera llamado y le hubiese dicho algo. Tampoco apareció durante el fin de semana. Estaba algo molesta pero pensó que seguramente su compañera de piso se había ido a pasar el fin de semana en el apartamento que sus padres tenían en la costa. Seguro que en algún momento me dijo algo y como soy tan despistada no presté atención- pensó.

El lunes, en la redacción de la revista, Laura todavía daba vueltas a qué cartas se iban a publicar en la sección de Madame Butterfly, todas eran tan aburridas y reiterativas, que tuvo que reescribirlas echándole mucha literatura al asunto.

Acabada la jornada laboral, Laura se dirigió contenta hacia casa, tenía ganas de ver a su compañera de piso, la había echado de menos durante el fin de semana. Pero al llegar al piso, Andrea no estaba allí, Laura empezó a preocuparse y comenzó a llamar a casa de los padres de Andrea y al apartamento en la costa. Nadie contestaba y la inquietud de Laura iba en aumento. Estará Andrea enfadada - se preguntó Laura. El jueves habían tenido una pequeña discusión por una tontería, pero eso pasa en todas las parejas, ella debería saber que la quiere con locura.

Y fueron pasando los días, sin poder contactar con Andrea, por amigas comunes sabía que estaba bien y estaba claro que lo que pasaba es que no quería hablar con ella. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no he sabido ver los signos de que algo no iba bien en nuestra relación? ¿Por qué no quiere hablar conmigo?¡Merezco al menos una explicación! - pensaba Laura angustiada.

Y una semana siguió a otra semana, Laura a penas podía dormir por las noches e iba a la redacción de la revista como un zombi. ¡Qué raro se le hacía ahora su trabajo! Ella, una niñata de 23 años que no sabe resolver los problemas de su vida, dando consejos a los demás.

Un día, al salir del trabajo se encontró con una amiga.

- Laura, Laura – la llamó la amiga.
- ¡Inés! ¡Qué tal, cuánto tiempo!- respondió Laura.

La dos amigas iniciaron una breve conversación. Laura estaba deseando preguntarle si sabía algo de Andrea, todavía albergaba la esperanza de resolver todo aquel entuerto de alguna manera.

- Chica tienes mala cara – comentó Inés observando el rosto demacrado de su amiga.
- Estoy pasando por un mal momento y me cuesta dormir – respondió Laura.
- El otro día me encontré con Andrea – dijo Inés.

El corazón le dio un vuelco a Laura al escuchar el nombre de Andrea, siempre habían mantenido en secreto su relación porque tenían miedo de cómo iban a reaccionar sus amigos y familiares. ¿Qué sabía Inés? - pensó

- ¿Y qué se cuenta ?- preguntó Laura intentando disimular su voz temblorosa.
- Pobre, está destrozada por lo de su madre, se está muriendo de cáncer, se ve que solo le quedan días – empezó a explicar Inés.

Laura lo vio claro, aquello era el fin, pensaba que aquel amor era para siempre y ahora a los pocos meses todo se derrumbaba. La historia de la agonía de la madre de Andrea, lejos de parecerle una excusa razonable para la extraña actitud de su amante, le hizo comprender que todo se había acabado definitivamente, si Andrea, en un momento así, no había querido compartir su dolor y buscar su apoyo, estaba claro que no iba a compartir su vida con ella. Intentó aguantar el tipo, se despidió de su amiga y cuando caminaba hacia la parada de bus comenzó a llorar.

* * *


Andrea había quedado con unos amigos para cenar, y de pronto se dio cuenta que estaba pasando por delante del edificio donde había vivido muchos años atrás. Observó el balcón y la terraza del piso donde había disfrutado de momentos tan especiales. ¿Quién vivirá allí ahora? ¿Qué habrá sido de Laura? No la había vuelto a ver desde aquel verano. Cuantos silencios y cuantos engaños, intentando ocultar sus sentimientos, los secretos y las mentiras son una ponzoña que envenena el alma lentamente y te convierte en una muerta viviente. Mientras dirigía sus pasos hacia el restaurante, deseó que estuviera donde estuviera Laura hubiera conseguido ser feliz.


Agosto de 2016

domingo, 21 de agosto de 2016

Castillos de Arena

Las escalinatas que daban acceso al paseo Marítimo desde la calle San Carlos, estaban atestadas de niños jugando. Era una tarde de verano y tiempo de vacaciones, había que ocupar en algo tanto tiempo libre. Acababan de limpiar la fuente de Carmen Amaya, cosa extraña porque siempre estaba sucia, y algunos niños en calzoncillos se bañaban en ella. Otro grupo de pequeñajos sentados en tablas de muebles viejos se deslizaban sobre los peldaños de las escaleras ruidosamente.

A lo lejos, en el paseo Marítimo, un coche rojo de una marca de refrescos anunciaba con un megáfono que se iba a celebrar un concurso de castillos de arena en la playa de la Barceloneta. Por un momento, toda la chiquillería quedó en silencio para escuchar lo que decía aquella voz que sonaba tan artificial y que monótonamente repetía una y otra vez el mismo mensaje. Todos los chiquillos comentaron un momento la noticia y luego reemprendieron sus juegos.

- Mario, a ti te quedan muy bien los castillos, ¿Vas a ir?- preguntó uno de los niños.
- ¡Claro!, bueno si me deja mi madre – le contestó.

El día del concurso, caía un sol despiadado y todo el barrio estaba alborotado por el acontecimiento.
La petición de Mario para participar en el concurso, no cayó nada bien en su familia, su madre no veía con buenos ojos que con sus escasos diez años fuera solo a la playa.
- Mamá, no me va a pasar nada malo, sólo es para jugar con la arena y no voy a bañarme, todos mis amigos van a ir – argumentó Mario.
Mario insistía e insistía pero su madre no cedía, finalmente la madre aburrida de tanta súplica dijo:

- Está bien, está bien, pero que te acompañe tu hermana..
- ¡ Mamá no!- protestó, Ani, su hermana.
Esta condición no le gustaba a Mario, pero era mejor eso que nada. Su hermana Ani, tres años mayor que él, estaba muy enfadada porque ella ya había hecho planes con sus amigas y no tenía ganas de ir a ese concurso para criajos.

- ¡Otra vez tengo que cargar con éste – se quejó Ani.
- O acompañas a tu hermano o te quedas castiga en casa, tu misma – sentenció la madre.
Mario observó la mirada de rencor profundo que le dedicó de su hermana.
- ¡Ya se le pasará! - pensó.

Todo estaba preparado para el evento, la organización había reservado una parte de la playa para el concurso de castillos de arena y todo esa zona estaba salpicada de banderines rojos que era el color de la marca de refresco que patrocinaba el certamen.

Mario y su hermana se pasaron todo el camino discutiendo, al llegar a la playa vieron una larga cola de niños esperando turno para inscribirse en el concurso. Ani, estuvo a punto de sentarse en un rincón a esperarlo, pero al encontrase con unas compañeras del colegio dispuestas a participar, decidió finalmente apuntarse también.

A todos los participantes que se iban inscribiendo, les asignaban un número y les regalaban una visera roja con el logotipo de la marca de refrescos. El número de inscripción indicaba unas parcelitas, delimitadas con unas pequeñas estacas de madera clavadas en la arena y unidas por unas delgadas cuerdas. Como su hermana había tardado en decidirse a participar, les habían asignado parcelas separadas.

Toda la chiquillería estaba ya en su lugar correspondiente, con sus cubos, palas y rastrillos multicolores de plástico. La mayoría de los participantes eran niños pero también se habían animado algunas niñas. Algunos criajos fanfarroneaban diciendo que la victoria era suya. Mario callaba, pero discretamente albergaba la esperanza de quedar en un buen lugar de la clasificación, ansioso esperaba el momento de empezar y demostrar a esos bocazas de lo que él era capaz.

Sonó la señal de inicio y una estampida de concursantes con sus cubos corrió a buscar agua en la orilla, el mar estaba en calma y las olas rompían suavemente sobre la arena y los guijarros.

Todos los participantes hicieron varios viajes hacía la orilla en busca de agua, hasta que cada cual mojó a su gusto la arena de su parcela y se pusieron manos a la obra,

Mario, echó media docena de cubos de agua en su zona de trabajo y empezó a dar forma a su proyecto de castillo. Excavó un foso trazando un rectángulo que delimitaba el edificio que iba a moldear, vació parte de la masa central de la arena abriendo la plaza de armas, en las esquinas se alzaron gruesos torreones y perfiló los muros del castillo con puertas, ventanas y almenas.

Llegó el momento de la valoración de los trabajos y cuando el jurado pasó por su lado, el corazón de Mario se aceleró y se alegró al ver que se entretenían más rato observando su obra, sus ilusiones corrían al galope. Mario se ajustó la visera y sonrió mientras la comitiva de jueces se alejaba puntuando a otros concursantes.

El concurso había terminado, ahora sólo faltaba el fallo del jurado. La megafonía anunció que mientras los jueces deliberaban, la empresa que patrocinaba el evento invitaba a todos los participantes a un refresco. Una multitud de alegres niños corrió hacia los camiones de reparto en busca de una bebida, aplastando en su alocada carrera las obras de arte efímero que habían creado.

Mario, sediento, casi se bebió de un trago su refresco, y recordó que tenía que buscar a su hermana.
Ani estaba hablando animadamente con sus amigas:

- A todo el mundo le gustaba mi castillo, y el jurado se ha quedado un montón de rato mirándolo – explicaba excitada Ani.
Mario llegó a tiempo para oír lo que contaba su hermana.
- ¡Igual piensas que vas a ganar, ja! - gritó despectivamente Mario.
- ¡ oh sí, el ganador vas a ser tú, te van a dar el premio al más renacuajo! - le respondió una de las amigas de Ani.

A Mario, aquello de renacuajo no le sentó nada bien, era bajito y delgaducho, y aquel comentario irónico había dado de pleno en la diana de su orgullo. Así que Mario las volvió a dejar y se alejó, oyó a su hermana llamarlo pero él no le quiso hacer caso.

Por fin llegó la hora ansiada y temida de dar a conocer el resultado de las votaciones del jurado. La gente se congregó formando un semicírculo alrededor de un espacio limitado por unas vallas cuyo centro estaba ocupado por el podium de los ganadores. La megafonía anunció que todos los participantes se llevarían un premio, que los importante es participar y que nadie debía sentirse perdedor. A continuación se inició el reparto de premios comenzando por los peor clasificados. Los primeros niños llamados, al oír su número, recogían desilusionados y cabizbajos el sencillo regalo y ruborizados volvían a perderse entre la multitud.

De pronto, Mario oyó su número, el 33, ¡No podía ser!¡Quedaba en decimoquinto lugar! ¡No podía ser! ¡Ni tan siquiera entre los diez primeros!. Al recoger el pequeño juguete que le regalaban, sonrió forzadamente intentando disimular su enfado. Entre la gente buscó a su hermana, la encontró muy excitada, todavía no habían nombrado su número.
- A ver si lo han dicho y no te has enterado – le dijo malhumorado Mario.
Ani ni siquiera le prestó atención, seguía pendiente de los resultados. El tercer ganador subió al podium y después le siguió el segundo premiado, y finalmente el jurado anunció que el ganador era el número 52 y Ani gritó enloquecida de alegría. ¡Su hermana había ganado el primer premio! Mario estaba perplejo y unas multitud de sentimientos contradictorios agitaban su corazón.

Ani estaba pletórica en lo alto del podium con todos sus regalos y mientras la organización anunciaba que era la primera vez que una niña ganaba este concurso algunos niños del barrio la abuchearon. Un fotógrafo hizo una foto de los ganadores que fue publicada en “El Correo Catalán”, en el centro salía Ani sonriendo y a los lados los chiquillos que habían ganado el segundo y tercer premio mirándola de reojo con rencor por haber sido superados por una chica.

Mario, se alejó con un montón de ideas confusas en su cabeza. ¡Había ganado su hermana! ¡Ella que no solía jugar con la arena!¡ Ella que en un principio no quería ni venir!¡No era justo!

En el cielo, limpio y azul, tras la tarde lluviosa del día anterior, brillaban grandes nubes de blanco inmaculado que se movían lentamente sobre el mar. Mario caminaba por la orilla descalzo con sus sandalias en una mano, lleno de rabia lanzó la visera roja al mar y repentinamente se le ocurrió una oscura idea. Lentamente se metió vestido en el agua, mojándose completamente, sabía que cuando su madre viera que volvía chorreando a casa le iba a caer a su hermana una buena bronca por no vigilarlo correctamente.

Julio de 1989 / agosto de 2016


viernes, 19 de agosto de 2016

El Miedo

Unos muchachos huían asustados por la playa, corrían con dificultad sobre la arena, de pronto, unos disparos rompieron la calma de la plácida noche de verano y unos de los chicos, alcanzado por las balas en el cuello, cayó muerto.

A Dani, los veranos le parecían interminables, incluso a veces, llegaba a aburrirse durante aquellas largas vacaciones estivales. En el viejo barrio marinero, situado entre la playa y el puerto, nunca pasaba nada y los días se sucedían con una rutina aplastante.

Por las mañanas, Dani y sus hermanos iban al Gato Negro, eran una de la pocas playas públicas que existían en la Barceloneta, la mayor parte del arenal, estaba en manos privadas, y los Baños de Los Orientales, San Miguel y San Sebastián ocupaban buena parte de él¹. Los bañistas se hacinaban en estos pequeños espacios libres y un enjambre de sombrillas multicolores cubría la arena. Entre baños en el mar y juegos pasaban las primeras horas del día. De tanto en tanto, el vuelo de una avioneta publicitaria rompía la monotonía y una muchedumbre se lanzaba al agua para conseguir una de las pelotas hinchables que habían lanzado.

La tranquilidad de aquellas calles estrechas y adoquinadas a veces era exasperante. Otro de los entretenimiento, en las primeras horas de la tarde y por la noche de aquellos largos días, era la televisión, durante aquellos calurosos meses, por suerte, solían emitir muchas películas. A Dani y sus amigos les encantaba el cine, sobre todo el de terror. Por las tardes, cuando se encontraban en la calle, su principal tema de conversación giraba entorno a la última película que habían visto por la tele o en uno de los dos cines de sesión doble que existían en el barrio: el Barcino y el Marina. Se sentaban en el bordillo de la acera, delante de una pequeña Bodega, que a parte de vender vino y licores, ejercía de colmado y se podía comprar de todo. Allí se tiraban horas hablando de una u otra escena del film. A veces, Caridad, la dueña del negocio de venta de vino a granel les echaba bronca:

- ¡ Qué pesados, toda la tarde aquí, a ver si os echáis novia de una vez!

Para aquella noche estaba programada en televisión La Invasión de los Ladrones de Cuerpos². La familia de Dani, como era costumbre, se acomodó en sillas situadas en el balcón, así podían ver la película y disfrutar del aire fresco que corría por la calle. Dani siguió angustiado el argumento de la película, hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan mal, lo peor fue el final, dejó al niño perplejo y con un gran desasosiego. Con aquel estado de ánimo le costó muchísimo conciliar el sueño.

La luz de la mañana diluyó todos los temores, Dani desde su casa, apoyado en el alféizar de la ventana, observó la espléndida mañana soleada y el mar en calma, y, después de desayunar, reinició su rutina veraniega: mañana en la playa, comer, ver un ratito la tele y después bajar a la calle a encontrase con los amigos. Allí estaban todos, sentados como siempre, delante de la Bodega de Caridad.

- ¿Visteis la peli de anoche? - preguntó Dani mientras se sentaba junto a ellos en el bordillo.
- ¡Sí, qué pasada! – comentó unos de sus amigos iniciando una de sus largas conversaciones, pero mientras hablaban sobre lo mucho que les había impresionado la película, se comenzó a oír un griterío.

Una multitud de gente avanzaba por la calle San Carlos, en dirección al paseo Marítimo, gritando consignas. No eran gente del barrio y los vecinos miraban con estupor aquel desfile. Aquello debió coger desprevenidas a las autoridades porque no se veía policía por ningún sitio. En el centro de Barcelona se producían muchas protestas y manifestaciones, pero nunca aquellos altercados habían llegado al barrio.

La muerte de un joven estudiante, que sólo estaba haciendo una pintada, por disparos de las fuerzas del orden en circunstancias poco claras, un lamentable accidente según la versión oficial, había provocado una serie de manifestaciones espontáneas en diferentes puntos del país.

La multitud se fue concentrando en la zona de la fuente de Carmen Amaya, Dani y sus amigos, desde lejos, observaban la escena con curiosidad sin entender muy bien lo que pasaba. Los manifestantes continuaban coreando frases inteligibles, hasta que un estruendo, de algo que sonó parecido a un tiro, retumbo por las calles, y fuera o no un disparo provocó el pánico, súbitamente la multitud aterrorizada corría en estampida hacia donde ellos estaban. Dani y sus amigos se quedaron petrificados y no sabían cómo reaccionar.

- Chicos, rápido entrar dentro – gritó Caridad agarrando a un par de niños por los brazos.

Todos corrieron hacía el interior de la bodega, y rápidamente Caridad bajó la persiana cerrando la entrada.

Aterrados, oyeron cómo en el exterior la gente corría y gritaba desesperada, no sabían que estaba pasando allá fuera, si alguien o algo perseguía aquellas personas o sólo huían de una amenaza imaginaria porque les había parecido oír un balazo. Al cabo de un buen rato, se hizo un tenso silencio y la dueña de la bodega volvió a levantar la persiana. Ahora se oía a las madres angustiadas que desde las ventanas llamaban a sus hijos. Dani distinguió la voz de su madre y se dirigió hacia su casa, sobre el pavimento de la calle habían quedado abandonados objetos personales de lo más diverso como triste testimonio de aquella atropellada huída de los jóvenes atemorizados. Mientras caminaba, Dani notó que todavía su corazón palpitaba violentamente, que tontería- pensó - todas aquellas películas de terror sobre las que tanto hablaba, aquella tarde de verano de 1976 supo de verdad lo que es el miedo.



Agosto de 2016


1. Esta situación se mantuvo hasta la Ley de Costas de 1988.
2. Invasion of the Body Snatchers , 1956., de Don Siegel.







Concurso de relatos de verano

¡Ya está decidido, voy a participar!

http://www.zendalibros.com/concurso-relatos-verano/



martes, 2 de agosto de 2016

Ritos


La pareja de guardias civiles que vigilaba la playa, a la caza de los pescadores furtivos, vio algo extraño flotando en el agua, al acercarse descubrieron el cuerpo inerte de una chica joven y se les hizo un nudo en la garganta al comprobar que la ahogada no tendría más de quince años y parecía estar embarazada.

La mañana del domingo se presentaba poco prometedora en cuanto a el tiempo se refería, corría un aire fresco de levante y el cielo estaba cubierto de nubes de un gris metálico.

- Tonet, espabila vamos a llegar tarde a misa – le dijo su hermana.

Sus padres nunca iban a la iglesia a no ser que fuera una fecha señalada, así que los dos niños se dirigieron solos hacia el templo.

La iglesia de Sant Miquel del Port, era un edificio barroco del siglo XVIII cuya elegante fachada presidía la plaza del Marqués de la Mina.

Tonet y su hermana entraron en el templo, se persignaron con agua bendita y rápidamente intentaron situarse en el primer banco, a la derecha del altar, si tenían suerte el padre Pau los escogería para ayudar en el momento de la comunión.

El padre Pau era un cura progresista, oficiaba misas en catalán y simpatizaba con los problemas de los obreros del barrio. Por todo ello, la gente explicaba que algunos años atrás había sido represaliado por las autoridades franquistas.

Tonet seguía la misa, a veces les parecía aburrida, pero se emocionaba cuando llegaba la parte en la que había que cantar. Ese día no hubo suerte y el padre Pau no lo escogió como ayudante.

Cuando acabó la misa y salieron de la iglesia, la plaza estaba muy animada y una multitud de gente tomaba el aperitivo en la terraza del Can Ganasa.

Tonet se puso de mal humor cuando su hermana se encontró con aquellas aburridas amigas suyas que se pasaban las horas riendo tontamente y comiendo pipas, a sí que decidió ir por su cuenta.

- Lidia, me voy – le dijo Tonet a su hermana.
- De eso nada, ya sabes que la mama quiera que vayamos juntos.- replicó su hermana.
- Hasta luego – gritó Tonet mientras echaba a correr.
- Tonet, Tonet – le llamaba su hermana, corriendo detrás de él intentando alcanzarlo.

Tonet corrió por las adoquinadas calles del barrio hasta que logró despistar a su hermana. Suspiró y descansó un momento sentándose en el bordillo de una acera, luego echó andar vagabundeando por el barrio y acabó en la playa.

El mar estaba revuelto y tenía un color amarronado en la orilla, la arena estaba sucia con todo tipo de inmundicias. Las grandes olas provocada por el último temporal habían devorado buena parte de la arena de la playa. Tonet, respiro profundamente y sintió ese olor salado que tanto le gustaba. Se quitó los zapatos y los calcetines y corrió por la arena. Si su madre llegaba a enterarse de que había ido a la playa con la ropa nueva de los domingos le caería una buena bronca. Pero Tonet, dejó de lado aquellos oscuros pensamientos y siguió jugando. Primero fue un avión, luego un pájaro y su imaginación siguió volando hasta que una vocecita le interrumpió.
- Oye tu, no puedes volar sin alas – le dijo otro pequeñajo sentado en la arena.
Quién es ese listillo, pensó Tonet mientras observaba al intruso: llevaba ropa vieja, desgastada y le venía grande como si la hubiera heredado de un hermano mayor. Su cabello casi rubio estaba totalmente enmarañado. El niño se entretenía llenando un pote de arena y volviéndolo a vaciar.
- ¡Tu qué sabes! - replicó finalmente Tonet.
- Todo el mundo lo sabe, los aviones, los pájaros y los ángeles vuelan porque tienen alas.- respondió el niño.
- Bueno, solo estaba jugando. No te había visto nunca.
- Es que hace poco que hemos llegado al barrio.¿ Cómo te llamas?
- Me llamo Antonio pero todo el mundo me dice Tonet.
- Mi nombre es Manuel pero todos me dicen Lillo.
- ¿Y vives por aquí cerca?
- Sí -afirmó Lillo señalando una de las calles cercanas a la playa.
- ¿ Y están contento de vivir aquí ahora?
- No, está ciudad huele mal, vivíamos mejor en el pueblo.
- ¿Y no vas a la iglesia?
- No, yo tengo mi propia iglesia donde voy a rezar– le confesó Lillo mientras miraba avergonzado sus ropas raídas.
-¿Tu propia iglesia?
- Sí, algún día te la enseñaré.
Un estruendo retumbó en toda la playa y comenzó a llover suavemente.
- ¡Llueve, nos vemos otro día!- gritó Tonet corriendo de vuelta a casa.

Su hermana lo estaba esperando preocupada en la esquina de la calle donde vivían. No dirá nada, por la cuenta que le trae, si la mama se entera de que me ha dejado ir solo, estará castigada hasta el fin del mundo – pensó Tonet. Y juntos subieron a casa.

Aquello se convirtió en un hábito, y cada domingo, Tonet y su hermana decidieron que cada cual iría por su lado y luego quedarían a una hora convenida para volver juntos a casa. Al principio, a su hermana no le hacía mucha gracia pero luego descubrió las ventajas de no tener que cargar con el pesado de su hermano pequeño.

El domingo siguiente, Tonet volvió a la playa y se reencontró con el extraño niño de aspecto desaliñado.

- ¡Hola! ¿Me enseñarás hoy tu iglesia? - dijo Tonet.
- Sí, vamos – le contestó Lillo.

Y juntos los dos niños, bordeando la orilla, se dirigieron al final del paseo Marítimo a la playa del Somorostro. Por el camino se fueron contando cosas de sus familias. Lillo, explicó que tenia un montón de hermanos, que hasta hace poco vivían en un pueblo donde tenían una casa enorme con un patio precioso llenos de plantas y flores, pero allí no había trabajo y habían venido a Barcelona para ver si tenían más suerte. Ahora vivían todos hacinados en un pisucho pequeño.

Finalmente, llegaron a su destino, la iglesia de Lillo era una especie de chabola construida toscamente con maderas y cartones. Entraron dentro, la construcción estaba pavimentada también con cartón, sobre una caja de frutas vacía, había improvisado un altar: una cruz de madera hecha burdamente con dos palos, una vela y unos potes de cristal con unas flores robadas del jardín del paseo. Lillo, se arrodilló, encendió la vela con una cerilla y se puso a rezar una oración incomprensible. Tonet, se arrodilló junto a él y lo imitó.

A partir de entonces, aquella ceremonia se fue convirtiendo en una costumbre de cada domingo y su amistad se fue estrechando. Un domingo de primavera Lillo vino especialmente contento.
- Mis rezos han funcionado, mis hermanos mayores ya tienen todos trabajo, pronto nos mudaremos a un piso más grande – anunció entusiasmado.

Las inclemencias del tiempo eran inmisericordes su construcción y más de una vez tuvieron que reconstruir la endeble iglesia de la playa que cada dos por tres se venía abajo.

Un día Lillo, vino muy triste.
- ¿Qué te pasa?- le preguntó Tonet
- El otro día hubo un follón en casa, mi hermana y mi madre discutieron, y mi hermana se fue de casa y llevamos tres días que no sabemos nada de ella, vengo cada día a rezar y no sirve para nada – le explica Lillo apenado.

Tonet se quedo en silencio, no sabía que decir, no sabía cómo consolar a su amigo apesadumbrado. Juntos se quedaron sentados un buen rato sobre la arena mirando el mar y sin decir una sola palabra.

Aquella semana se conoció la terrible noticia, la pequeña de los Jiménez había aparecido ahogada en la playa, parece ser que estaba embarazada y se rumoreaba que había sido un suicidio. La familia estaba destrozada.

Aquel domingo, Tonet corrió, como de costumbre, a su lugar de encuentro secreto, al llegar vio que la construcción que con tanto esmero habían cuidado estaba en llamas. Lillo estaba junto a la hoguera con la mirada perdida.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó Tonet
- He sido yo, le he prendido fuego – dijo Lillo.
- ¿Por qué?
- Dios es malo.
- No digas eso – respondió Tonet mientras lo abrazaba intentando consolarlo.


Los dos amigos se alejaron, y la columna de humo negro siguió alzándose hacia el cielo azul de aquella ciudad gris, fría e indiferente.

Donde habita el recuerdo
Febrero de 1989 / agosto de 2016

viernes, 29 de julio de 2016

Mayo

Ismael y su madre salieron más pronto de lo acostumbrado para ir al colegio, ese día le tocaba, según el turno establecido entre los alumnos, traer las flores para la virgen, pues era, como les había explicado el maestro, el mes de María.

La floristería de la calle Baluarte, cuando llegaba mayo, rebosaba de mil colores y dulces aromas.


Ismael observó los claveles: blancos, rosas, rojos y amarillos. No acababa de decidir que color escoger, finalmente su madre le sugirió los claveles blancos. Su madre pagó y la florista envolvió toscamente las flores en papel de periódico.

Su madre le acompañó al colegio, un imponente edificio que presidía la plaza del poeta Boscán. Otras madres también despedían a sus hijos al pie de las monumentales escalinatas que daban acceso a las entradas. En aquel Colegio Nacional Mixto, los niños entraban por una puerta y las niñas por otra, las clases de unos y otros estaban en pabellones separados. Las colegialas vestía bastas blancas y los chicos llevaban los típicos batines escolares a rayas azules y blancas.

Su clase estaba en el primer piso y era una de las aulas cuyas ventanas daban a la gran plaza. Sus compañeros fueron entrando y todos se situaron de pie delante de su pupitre.

- Buenos días don Pablo – corearon todos cuando entró el maestro.
- Buenos días – respondió don Pablo.

Don Pablo era un hombre de mediana edad, regordete, rostro sereno, con gafas y cabellos blancos que le otorgaban un aire de dignidad.

Todos se giraron hacía el fondo de la clase porque sabían que empezaba el ceremonial. Allí bajo el cuadro con un reproducción de una virgen de Murillo se había improvisado un altar y había varios jarrones con diferentes flores.

Ismael estaba contento con el protagonismo que le correspondía ese día. Retiró unas rosas mustias de uno de los jarrones, fue a buscar agua fresca, puso orgulloso sus claveles blancos y volvió a situarse junto a sus compañeros. A la señal de don Pablo el cántico comenzó:

Venid y vamos todos con flores a porfía, 
con flores a María, que Madre nuestra es 
con flores a María, que Madre nuestra es. 

De nuevo aquí nos tienes, purísima doncella, 
más que la luna, bella, postrados a tus pies. 

Venimos a ofrecerte las flores de este suelo, 
con cuánto amor y anhelo, Señora, tú lo ves. 

Por ellas te rogamos, si cándidas te placen, 
las que en la gloria nacen, en cambio, tú nos des.

Cuando acabaron de cantar, el maestro les dio permiso para sentarse, pasó lista y comenzó la clase.

Los pupitres, eran auténticas piezas de museo, de madera oscura y carcomida, un mismo mueble unía dos asientos y una estrecha mesa alargada. Ismael saludó a Nuñez, su compañero de pupitre que siempre lo metía en líos porque un charlatán.

-Sabes, me he comprado una goma nueva, huele a nata, mira – le explicó Núñez acercándole la goma de borrar a la nariz.
- ¡ Ostras, es verdad! Dan ganas de darle un bocado - comentó Ismael.
- Ssssss – silbó amenazante el maestro.

Conforme avanzaban las horas la triste aula se fue llenando de la cálida luz primaveral, los grandes ventanales estaban abiertos y llegaba el frescor verde de los plátanos de la plaza.

De pronto, algo pasaba en la calle que conducía al mercado, había alboroto. Todos hubieran querido levantarse y asomarse por las ventanas para ver que estaba pasando, pero una severa mirada de don Pablo bastó para disuadirles de sus intenciones.

- Bueno muchachos, esta última hora la dedicaremos a Religión – anunció el maestro.

Don Pablo se sentó ante su amplia mesa, se ajustó sus gafas y abrió un libro.

- Hoy hablaremos del Sacramento de la Penitencia. ¿Qué es el Sacramento de la Penitencia? - preguntó don Pablo

Todos los alumnos con cara angustiada intentaban esquivar la mirada del maestro y sintieron un gran alivio cuando García, el alumno más aventajado de la clase, levanto la manó pidiendo permiso para responder.

- Adelante García – indicó don Pablo.
- El sacramento de la Penitencia, o Reconciliación, o Confesión, es el sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para borrar los pecados cometidos después del Bautismo. Es, por consiguiente, el sacramento de nuestra curación espiritual, llamado también sacramento de la conversión, porque realiza sacramentalmente nuestro retorno a los brazos del padre después de que nos hemos alejado con el pecado. - recitó García de carrerilla.
- Muy bien, García, excelente.

Ismael y sus compañeros no entendían la mitad de aquella palabrería de la clase de Religión, sin embargo callaban y asentían teatralmente con la cabeza.

- El sacramento de la Penitencia, efectivamente, es sacramento del perdón... - comenzó el maestro a declamar su clase magistral.

De la calle llegaba un extraño olor a goma quemada y se oían sirenas de policía.

Los alumnos, con caras aburridas, perdían su mirada vagando de un rincón a otro del aula. Ismael, observó que una mariposa entró por uno de los grandes ventanales y fue a posarse sobre el crucifijo que presidía la clase. Parecía que Cristo llevaba un exótico bañador y se le escapó una risilla. Al cabo de un rato, la mariposa volvió a emprender el vuelo y esta vez se posó sobre un ojo del retrato de José Antonio Primo de Rivera que estaba colgado sobre la pizarra. Ahora, aquel señor tan serio, parecía un estrafalario pirata y se les escapó otra risilla. Su compañero, Núñez lo miraba de reojo como diciendo: te las vas a cargar. Lo peor fue cuando la mariposa traviesa se fue a posar sobre el retrato del caudillo Francisco Franco y se sitúo a unos de los lados de la cabeza, parecía que llevaba puesto uno de esos lacitos que llevan las chicas y de nuevo le entró ganas de reír. Una sola mirada de don Pedro bastó para que se le helara la risa en la garganta.

Por fin llegó la hora, sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases de la mañana y los alumnos fueron salieron en orden. Mientras descendía la escalinata , le extrañó ver a más gente de lo habitual esperando en la plaza, y todavía se sorprendió más cuando vio que su madre también le estaba esperando.

De camino de vuelta a casa, detrás del colegio, junto al mercado, había un gran revuelo. Una columna de un espeso humo negro se alzaba desde una hoguera de neumáticos en mitad de la plaza de la Fuente y las calles estaban alfombradas de octavillas.

- Los estudiantes han montado una protesta en el mercado y han volcado varias paradas – susurraba un hombre a otro.
- Estos infelices siempre se están metiendo en jaleos, luego el que paga los platos rotos es algún pobre desgraciado, los hijos de papá siempre se libran – comentaba otra señora.

Ismael notó que su madre estaba, nerviosa y aceleraba el paso, no entendía que estaba pasando, soló alcanzó a leer en uno de aquellos papelajos del suelo la palabra LIBERTAD.



Donde habita el recuerdo
Febrero de 1989 / julio de 2016

lunes, 25 de julio de 2016

El trapecista


Aquella vieja barriada obrera junto al mar había cambiado mucho, una buena parte de ella había sido seccionado por la Villa Olímpica y muchas de las industrias instaladas en ella ya no existían o se habían trasladado. El barrio, antaño corazón industrial de la ciudad, se extinguía y decenas de talleres y naves industriales abandonados se desmoronaban lentamente.

Los viejos edificios de ladrillo visto, con sus majestuosas chimeneas que se alzaban hacia el cielo como místicos obeliscos en aras del comercio y de la industria, ahora languidecían ante la indiferencia de una ciudad que les daba la espalda.

En la ciudad, como estaba pasando en todas las grandes poblaciones europeas, apareció un importante movimiento okupa. De pronto, aquellos talleres y fabricas, medio ruinosos, recobraron una insólita vitalidad gracias a sus nuevos huéspedes.

La Fábrika había sido un complejo industrial de una importante empresa textil y ahora sus amplias instalaciones daban cobijo a una serie de colectivos y artistas de muy diversa índole. Se organizaban charlas y grupo de debate, estudiantes de pintura y escultura podían tener sus estudios o talleres, gentes del teatro, de la música, de la danza y del circo tenían un espacio donde ensayar.

Didí, tenía 20 años y era uno de los que malvivían en aquel Centro Social Ocupado. Sobrevivía trabajando de camarero por las mañanas, pero su verdadera pasión era el mundo del circo y sobre todo el trapecio. Era una disciplina dura, necesitaba muchas horas de ejercicio para fortalecer los músculos y de ensayo para perfeccionar las figuras en el trapecio. En realidad, su nombre de pila era Diego, pero todos lo conocían como Didí . Algunos despectivamente lo llamaban la Madonna, por travestirse como la famosa cantante y utilizar sus canciones como fondo musical de sus acrobacias. Cuando ensayaba, los temas de la Ambición Rubia resonaban en la nave principal de aquel templo alternativo para disgusto de sus compañeros más politizados que siempre le acababan sermoneando sobre lo inadecuado de utilizar aquella música comercial americana. Él era así, una gran contradicción, un activista alternativo y un fan incondicional de la Ciccone.

Aquella primavera se conmemoraban los diez años de las protestas en Pekín que acabaron con una masacre de estudiantes en la plaza de Tiananmen. Uno de los símbolos de aquella movilización fue una escultura creada por los jóvenes que fue bautizada como Diosa de la Libertad.

La idea de organizar algún tipo de homenaje a las víctimas de la matanza surgió de un grupo de artistas plásticos. Didí y el resto del colectivo gay de la Fábrika se sumaron a la iniciativa con entusiasmo. Rápidamente se formó una comisión para organizar el evento. Como era habitual el grupo de los más “políticos” fue el más crítico: no se puede luchar por la libertad con un espectáculo de variedades - decían despectivamente.

El homenaje a las víctimas de la represión en Tiananmen fue programado para el primer fin de semana de junio. En seguida, un grupo de escultores se puso a trabajar en el proyecto de recrear la escultura de la Diosa de la Libertad símbolo de la protesta y en pocos días la obra fue tomando forma. Primero sólo era una estructura de madera y malla de gallinero, luego fue modelada con una cobertura de papel maché y finalmente fue pintada. En medio de la gran nave industrial se alzaba la imponente nueva Diosa de la Libertad de cuatro metros de altura.

Paralelamente al trabajo de los escultores, el resto de actividades también iban tomando cuerpo: charlas y debates sobre el tema, y todo ello amenizado con una serie de espectáculos de danza, teatro, música y circo.


Didí también empezó a preparar su número de trapecio para el gran espectáculo. Esta vez, entre el repertorio de Madonna, eligió Express Yourself como banda sonora de sus acrobacias. Así que la voz de la Ambición Rubia comenzó a sonar dentro de aquel desnudo espacio fabril:

Come on girls
Do you believe in love?
'Cause I got something to say about it
And it goes something like this...

Y como era de esperar, no tardaron en llegar los comentarios sarcásticos de los “políticos”.

¿Por qué utilizas esa mierda de música comercial de una puta yanqui imperialista? - le recriminó uno.
Nene, yo soy la Revolución Rubia y pongo a todos coloraos...– le contestó con descaro él.

A Didí toda aquella palabrería hueca le resbalaba. Estaba curtido en el insulto y en el menosprecio, se había hecho inmune a la humillación y el desprecio. Había sobrevivido a las burlas en el colegio, a la marginación en el instituto e incluso su propia familiar lo había echado de casa. Así que, indiferente, siguió ensayando sus figuras acrobáticas:

You don't need diamond rings
Or eighteen karat gold
Fancy cars that go very fast
You know they never last, no, no
What you need is a big strong hand
To lift you to your higher ground ...

Aquella primavera se produjeron algunos desalojos de casas ocupada y la tensión enrareció el ambiente en la Fábrika. Los más comprometidos políticamente querían organizar una gran movilización contra los desalojos, pero había división de opiniones. Todos se beneficiaban de poder disponer de los espacios de la Fábrica y por lo tanto estaban de acuerdo en protestar de alguna manera contra los desalojos, el problema eran los elementos radicales descontrolados y no todo el mundo estaba dispuesto a verse involucrado en disturbios violentos. Pronto llegaron los reproches de los más politizados contra todos los que ellos creían que no se implicaban suficientemente con la causa.

Mamaracha patética – le gritaron a Dídíotro día durante uno de sus ensayos.
Come on boys. Do you believe in love? - cantó él con sorna.

El jueves la ciudad amaneció con una espléndida mañana de primavera. Didí pedaleaba sobre su bicicleta hacia el trabajo. Estaba preocupado porque ese día finalizaba su contrato laboral y no sabía si se lo iban a renovar. Cuando entró en el bar donde trabajaba, su jefa estaba mirando en el televisor el informativo matinal. En la pantalla aparecían imágenes de la manifestación contra los desalojos que se había producido la tarde anterior. Un desalojo, otra ocupación - coreaban los manifestantes. La protesta había degenerado en disturbios, y una y otra vez, en el informativo, se repetía la escena más violenta: un grupo de descerebrados había volcado un contenedor de reciclaje de vidrio y utilizaba las botellas como arma arrojadiza contra la policía. Didí, que había decidido no ir a la protesta, confirmó sus peores presentimientos. Esto no va acabar bien – pensó con preocupación.

Al acabar su jornada laboral, su jefa le comunicó que no le iba a renovar el contrato de trabajo. Así era su trayectoria profesional, de empleo precario a empleo precario. Definitivamente, hoy no es mi día – reflexionó..

Al volver a la Fábrica, comprobó que había una gran agitación, se rumoreaba que se estaban produciendo detenciones y los más expertos recomendaban evitar ir solo, era aconsejable entrar y salir en grupo de la casa ocupada.

El grupo de debate gay comenzaba una reunió y le hicieron señas para que se uniera a ellos, pero Didí no estaba de humor para discusiones bizantinas, prefería subirse al trapecio, eso siempre le despejaba la cabeza y podía, por un momento, olvidarse de todas sus preocupaciones. Además, no podía dejar de lado los ensayos, era la víspera del gran día, al día siguientes, viernes, comenzaba el gran homenaje a las víctimas de la represión en la plaza Tiananmen que se alargaría todo el fin de semana. Y de nuevo en aquel local lleno de herrumbre retumbaron las notas de la canción:

What you need is a big strong hand
To lift you to your higher ground
Make you feel like a queen on a throne
Make him love you till you can't come down
[You'll never come down]

La madruga del viernes, sin previo aviso, la policía asaltó la Fábrika. Entre porrazos, gritos y empujones, sin tiempo apenas para recoger sus pertenencias, comenzaron a desalojarlos. Dídí solo pudo salvar sus zapatos de tacón y su peluca rubia, y salió con los que no opusieron resistencia. En el exterior había una gran expectación con prensa y televisión cubriendo la noticia. Quieren espectáculo, pues lo van a tener – se dijo. Se calzó sus zapatos de taconazos y se puso su peluca rubia y con la cabeza bien alta salió a la calle. Come on boys. Do you believe in love? - cantó mientras pasaba entre las fuerzas del orden, los policías rieron y lo dejaron marchar sin ningún problema.

Pero desalojar la Fábrika no fue tan fácil, un grupo de radicales se había atrincherado en las instalaciones dispuestos a resistir y las naves del complejo industrial se convirtieron en un campo de batalla entres policías y okupas. Se había cortado el tráfico en la calle, y detrás de los cordones policiales se agolpaban la prensa, los curiosos y los simpatizantes. Didí se acomodó entre ellos preocupado por algunos amigos que se habían quedado dentro.

Cada vez, llegaban más simpatizantes y aquello se estaba convirtiendo en una manifestación espontánea contra el desalojo. La tensión iba en aumento porque algunos manifestantes insultaban a las fuerzas del orden. De pronto, comenzó una carga policial y todo mundo comenzó a huir. Didí salió corriendo sobre sus tacones y con la peluca todavía puesta , logró escapar por una callejuela. Otra vez huyendo, otra vez escapando, ese era su destino -pensó mientras se alejaba.

La protesta fue disuelta, los últimos okupas fueron desalojados y detenidos. Rápidamente, bajo protección policial, un grupo de albañiles empezaron a sellar con ladrillos puertas y ventanas. En la nave principal, yacía en el suelo la escultura de la Diosa de la Libertad convertida en un amasijo de madera, alambre y papel. La última ventana fue tapiada y el escenario quedó a oscuras. La función había terminado.


Barcelona, julio de 2016